viernes, 4 de septiembre de 2009

El suicidio anómico

Solemos ser seres productores, reproductores, apropiadores y expropiadores de significados, de sentidos, de juegos semánticos y lingüísticos. Nuestra vida toda está estructurada de esa forma simbólica de relacionarnos, nos bañamos, nos vestimos y entramos en el duelo de la vida abstracta, salimos a la calle, le damos al conductor del microbus unas monedas, alegorías de un valor, seguimos el rumbo, la misma ruta preconfigurada del juego social. Una señora de edad avanzada sube al camión y le hacemos señas mediante las cuales le damos a entender que le cedemos el asiento. Tocamos un timbre que suele estar arriba de la puerta de salida para poder representar que queremos bajar en la próxima parada.

Un semáforo, una indicación de que las conductores y petaones involucrados tienen que seguir un conjunto predeterminado de reglas. El color de rojo a verde, de nuevo a rojo y ese intermedio amarillo. Indicaciones por doquier, signos de lo que se nos está permitido hacer, a los lugares a los que podemos entrar, lo que podemos comprar, con quién nos podemos relacionar, lo que se nos está permitido expresar y hasta lo que podemos comer. Incluso en el salón de clases vamos a ese encuentro con los sentidos, con los significados, las más los profesores dictan cátedra. Cátedra, ese piso elevado desde donde se ponen a tematizar la realidad. E incluso los profesores que están excentos de esta organización jerárquica del poder (de este ejercicio de dominio) empiezan a emitir con sus palabras redes de significados, inferencias, relaciones y proposiciones de la forma en que entienden la verdad. Y no lo digo con despecho o desaprovación, ni con entusiasmo o repulsión, sino sólo intentando recrear este escenario de "duelo".

Durkheim en "El suicidio" postula al menos cinco clases de suicidio, clasificándolos de acuerdo a las razones de su accionar. Así, por ejemplo, tenemos el suicidio altruista, en el cual las personas se subliman a sí mismas para poder dar vida a otros o para no interferir con el accionar de la comunidad cuando ya son demasiado viejos como para valerse de sí mismos; o el suicidio egoísta o el fatalista, que se dan por un ego dañado, o por la carencia de recursos para mantener la propia vida, o por la existencia de normas e instituciones represivas, o por la pérdida del objeto de afecto, etc.

Frente a estos tipos de suicidio podemos contraponer uno muy peculiar, el suicido anómico. La RAE define la anomia aplicada a un contexto social o sicológico como el conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación. Pese a lo "inexacto" de la definición podemos ya darnos cuenta de algo, de que la anomia representa una cierta actitud nihilista frente a los hechos de la vida cotidiana. El suicidio anómico va más allá, ahí donde existe una falta de lógica en el engranaje social. El anómico es una persona a-significada -hasta el punto en donde nos sea lícito afirmar esto- es la representación de la carencia de significado de la experiencia, aquel lugar donde las acciones de la personalidad están suspendidas. No se llega a sucidar por el dolor que pueda llegar a producir la existencia, no, no es reductible a un estado anímico alterado. No es que el anómico no sienta ni pueda sentir dolor, es decir, no es que no sienta el dolor como inmediatez perceptual de la configuración síquica y del sistema nervioso central, sino que el dolor ha perdido significado, no hay una conciencia racional que re-produzca el dolor, no hay sentido en el autorreflexionar del dolor mismo.
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El anómico esta arrojado -como todos nosotros- en el mundo, pero simplemente eso, arrojado, está fuera de (en lugar de decir escapado de) la semiótica individual o social. Fuera del orden cultural, fuera de los mecanismos instrumentales y procedimentales que instituyen la sociedad, fuera de los signos y atribuciones de la articulación semiótica, fuera de todo contenido social posible. Si la analogía se me es lícita y no se me tacha de anacronista, está en la forma, en el punto límite de toda relación posible con el mundo.

Está forma de realidad, de-ser-en-el-mundo está fuera de los entornos solícitos y tematizados, de charlas y tópicos fingidos que derivan en beneficios, de recursos semánticos que reportan recursos, del mundo de los profits o el main stream, de un ideal de vida o de una expectativa e incluso del sin-sentido que el estar inmerso en una red de significados usualmente acarrea.
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El del anómico es un caso antitético al del juego de los signos y significados. La sublimación de su vida deviene no tanto de que su vida no tenga significado por sí misma (porque estructuralmente para otros la podría tener) sino de que vivirla carece de un sentido, de un telos, lo que hace es y será banal, es totalmente prescindible para la historia. Carece incluso de un esquema axiomático que valore su vida frente a otra cosa. No importa, morir no importa, está fuera del concepto, está fuera de la "superficialidad" -o quizás debería decir de la "autorreflexión"- de su existencia. No hay razones para querer vivir ni para intentarlo, ¿qué más da si al final todo se acaba? Quizás sea como despertar del insomne día del sueño vivido.
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Pese a todo no sólo el anómico es quien está fuera del dispositivo social, para aquellos quienes no se encuentran en los convencionalismos la sociedad organiza dispositivos de control reflejo de sus fobias y de una falta de comprensión por el otro, aquellos a quien llama "locos".

Carlos Prud'Homme

1 comentario:

Black Bird dijo...

Hola, me pareció muy interesante el post, aunque me surgieron varias dudas al respecto. La primera de ellas sería si en efecto es posible colocarse "afuera" de la semiótica social cotidiana, digamos de cierta pre-comprensión humana; ¿pues no implicaría esta salida de contenidos una salida de aquello que llamamos humano? en cuyo caso, ¿que sentido se le puede dar a esto que se coloca fuera del significado mismo? ¿cómo y para qué tematizarlo?
Por otro lado, quisiera preguntar que relación existe entre la anomia y el absurdo que Albert Camus analiza en el mito de Sísifo, pues cuestiona precisamente la falta de un sentido aunque se apropie del absurdo que esto implica (embrace it).
Finalmente, me parece que la figura de lo anómico, rebasa en efecto el estatuto del hombre común, por lo que se convierte en lo otro, sin embargo me parece que su temática no conforma la misma que la de la locura, que posee varios significados que se juegan en los márgenes de la sociedad y por tanto de sus múltiples significados, por ej. lo demoniaco, la perversión, el errante, el profeta, etc.
Me agrado mucho el post, espero que mis comentarios sirvan para discutir al respecto y que buena referencia esa de Arjona jejeje saludos, Mauricio.