miércoles, 8 de septiembre de 2010

El vacío del alma y la paradoja en la mística de Eckhart.

El maestro Eckhart nació aproximadamente en 1260. Estudió en el convento dominico donde obtuvo el grado de maestro en Teología. A lo largo de su vida se dedicó a la predicación, además de ocupar algunos otros cargos dentro de la orden dominicana. Su programa de predicación se encuentra desarrollado a lo largo de sus tratados y sermones, por lo que éstos constituyen la fuente principal para el estudio de la mística de Eckhart.
El punto de partida de la mística en Eckhart es, por un lado, el deseo intenso de lograr la absoluta identificación entre el alma y Dios y, por otro, el sufrimiento y dolor experimentados por el hombre que se ha vuelto consciente de su fragilidad y su carencia. El camino que ha de elevar al espíritu desde su mortalidad, desde su indigencia e insuficiencia y que culminará con su superación, constituye el proceso místico. El sufrimiento es trascendido cuando gracias a la experiencia extática descubrimos que el dolor causado por nuestra finitud es sólo una apariencia, pues aparente es también el tiempo y sólo “lo que toca el tiempo es mortal”.
Su obra desarrolla nociones fundamentales para el misticismo tales como la humildad, el desapego, el vaciamiento del alma y la pobreza espiritual; todas éstas son virtudes que deben ser cultivadas si realmente se quiere lograr una auténtica vivencia de Dios.

El vacío del alma.

La lectura de los textos nos va mostrando que el vacío del que habla Eckhart es un vacío absoluto pues se refiere a la aniquilación de cualquier cualidad o atributo personal, imagen, concepto, obra e imagen; se busca ser libre incluso de cualquier intención, no ha de pretenderse absolutamente nada, se ha de estar “vacío de sí mismo” Este vacío al que son invitados los oyentes (lectores) del predicador pretende que el alma logre una libertad absoluta, tan absoluta como el Dios deseado pues estar vacío es estar lleno del Creador.
Será gracias a la total desapropiación como el hombre logrará trascender toda idea de espacio y tiempo, es decir, trascender la temporalidad: “Si quieres vaciarte absolutamente de toda mercancía, de forma que Dios te deje estar en el templo, todo lo que hagas en tus obras debes cumplirlo únicamente por el amor de Dios y mantenerte tan vacío de todo como vacía es las nada que no está aquí ni allí” (Eckhart, El fruto de la nada, edición y traducción de Amador Vega Esquerra, Madrid, Ediciones Siruela, 2003, pp. 36-37).
De lo que se trata es de alejarnos de cualquier obstáculo para alcanzar “la verdad suprema” que es Dios. Por lo tanto, habrá que eliminar cualquier imagen preconcebida de Dios: “Precisamente allí donde dicha imagen penetra en ti, allí Dios y toda su deidad deben retirarse. Allí donde esa imagen sale, allí entra Dios”(Ibíd., p. 50).
Esta superación trae consigo la supresión de cualquier distinción o diferencia, pues el proceso místico concluye en una unidad completamente simple. Se logra la superación de las cosas; distinciones como amor-odio tampoco tienen cabida para quien ha alcanzado la “virginidad del alma” de la que nos habla Eckhart.
Finalmente, gracias al vacío total se logra la identificación del alma con Dios. Sólo el hombre que está unido a Dios “está vacío y libre de todas las obras y sólo actúa para agradar a Dios y no busca lo suyo, y Dios obra en él” ( Ibíd., p. 36). El alma es el lugar donde criatura y Creador han de llegar a la unión, pues sólo el alma ha sido hecha a imagen y semejanza de Dios y “sólo lo semejante tiene motivo de unión con los semejante”.
Finalizo este trabajo con algunas breves observaciones acerca del lenguaje empleado en los escritos místicos.

La paradoja.

Las paradojas y contradicciones abundan en los sermones eckhartianos tanto como en cualquier otra obra fruto del misticismo. Para el místico, la verdad que habita en el misterio sólo puede sernos mostrada mediante la fuerza de la paradoja. Respecto a ella me interesa señalar dos cosas. En primer lugar, debemos recordar que el llamado misticismo especulativo alemán, cuyo principal representante es el autor que aquí nos ocupa, surge en una época en la que la razón se muestra insuficiente para dar cuenta de la relación del ser humano con su creador: el hombre, entendido como ser racional, no puede ocuparse más de Dios, pues la razón es una ley y Dios no puede estar sometido a ley alguna (Ockham). Sin embargo esto no basta para arrancar del ser del hombre la necesidad vital de hablar de su relación con lo divino. En este sentido podemos afirmar que la mística será el camino que, luego de la crisis de la razón con respecto a Dios, reaparezca para darle satisfacción al ser religioso del hombre (entendido en el sentido más amplio).
La mística se aleja de todo razonamiento lógico al tiempo que abraza una forma de expresión donde lo primordial es el sentimiento, no el pensamiento; donde se indica más que se demuestra, esto es, la paradoja. En segundo lugar, aquello que busca el místico no puede ser conocido mediante concepto alguno; su objeto es inaccesible al lenguaje ordinario. Dios no puede ser definido ni delimitado, por ello no hay nombre alguno con el que pueda ser mentado: “Si Dios quiere asomarse alguna vez en su interior, le costará necesariamente todos sus nombres divinos” (Ibíd., p. 46). El Dios de Eckhart es un dios profundo y misterioso, es lo inefable. Ya que la comprensión o mejor dicho la experiencia del abismo y del absoluto que es Dios, resulta incomunicable, podemos decir que los escritos místicos tienen por objeto ante todo guiar al iniciado en el camino que ha de recorrer para lograr su propia “divinización” más que describir la experiencia extática, por ser ésta inaccesible al lenguaje: “El bien que conocieron y vieron en Dios fue tan grande y estaba tan oculto que no se podía reflejar en su entendimiento, pues todo lo que se podía reflejar en él era tan desigual a lo que ellos veían en Dios y tan fabuloso frente a la verdad que callaron y no quisieron mentir […] Todo lo que vieron en Dios fue tan grande y tan noble que no obtuvieron ni imagen ni forma para hablar de ello […] Miraron en la verdad oculta y encontraron en Dios el secreto inefable” (Ibíd., p. 71).
Ninguna palabra, ningún concepto es apto para expresar toda la plenitud de Dios. Dentro de la corriente llamada mística, aceptar los límites de nuestro lenguaje y de nuestra razón resulta indispensable para poder ir, posteriormente, más allá de ellos. Finalmente, es en el silencio más que en las palabras donde Dios se manifiesta; cuando el silencio emerge la divinidad se muestra tal y como es: “Para que Jesús hable en el alma, debe estar sola y callada, si quiere oír a Jesús”(Ibíd., pp. 38-39).

2 comentarios:

atopías dijo...

Tema decapitante, autor de razonamientos casi inalcanzables

bien

Enrique dijo...

Buena tu aportación. Podrías citar de dónde obtienes los datos biográficos.
¿Qué piensas tú de la perspectiva mística de Meister Eckhart?
Tu investigación va por buen camino.